sábado, 8 de marzo de 2008

Hamlet

Morir: dormir, nada más.
Y si durmiendo terminaran las angustias y los mil ataques naturales herencia de la carne, sería una conclusión seriamente deseable.
Morir, dormir: dormir, tal vez soñar.
Sí, ese es el estorbo; pues que podriamos soñar en nuestro sueño eterno, ya libres del agobio terrenal, es una consideración que frena el juicio y da tan larga vida a la desgracia.
Pues ¿quién soportaria los azotes e injurias de este mundo, el desman del tirano, la afrenta del soberbio, las penas del amor menospreciado, la tardanza de la ley, la arogancia del cargo, los insultos que sufre la paciencia, pudiento cerrar cuentas uno mismo con un simple puñal?
¿Quien lleva esas cargas, gimiento y sudando bajo el peso de esta vida, si no es porque el temor al mas allá, la tierra inexplorada de cuyas fronteras ningun viajero vuelve, detiene los sentidos y nos hace soportar los males que tenemos antes que huir hacia otros que ignoramos?