jueves, 12 de junio de 2008

El fantasma y el niño


Ese fantasma ya no soportaba el silencio del viento. Una noche se salió del mundo y recorrió las calles desoladas, en donde las personas sin hogar se esconden del frío. Echó un vistazo y, viendose solitario y sin recuerdos, pudo ver como esas sombras perdían el sentido de comunicación. Eran unos consigo mismos, la sociedad los ignoraba y despreciaba. Si un reflejo de sonrisa se dibujaba en sus rostros era por descubrirse atrapados en el laberinto llamado ciudad, de grandes monstruos de cemento y asfalto. Cercanos al suelo, sus cuerpos convulsionaban, inertes al frío, a la humedad propia de la época lluviosa. Y a pesar de todo sentían abrigo en sus propios mundos de cartón, aunque fueran vistos como lo más sucio de la ciudad. Este fantasma, callado, solamente miraba desde su no vida, como la vida de estas personas era parecida a la suya. Cómo el sufrimiento perforaba las ropas, la piel... rasgaba los recuerdos y los convertía en un espacio sin tiempo, sin lugar para reclamos... tan callado entre el ruido de la noche. Entonces se sentó y miró a un niño que se encontraba tirado al borde de una acera. Su rostro ya mostraba las marcas de la calle, de los golpes de acera y de droga. Y su cuerpo, delgado y encorvado, luchaba por no crecer. Lo miró con recelo, sin percatarse de que el niño también lo miraba. Fue en ese preciso momento cuando pasé junto a ellos y noté que el fantasma era tan solo el reflejo del niño, el cual no se reconocía en una ventana de la avenida.

Voy a saludarte Al Lobito

Para que no pienses voy a saludarte
para que esa sombra que se yergue en nuestro recuerdo
no se vaya
Que no pienses que estoy callada
ni que he muerto
Que sepas que existo memoria,
aunque ya no te abrace ni me escuches.
Quiero que se sostenga esta ausencia en el tiempo
que adquiera sentido
porque yo no te pienso ni te olvido,
solamente te ame un instante.