martes, 26 de enero de 2010

"Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos, desdobladas las piernas a la brisa del mar. Y el mar allí enfrente, lejano, dejando apenas restos de espuma en mis pies al subir de su marea... [...]
Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas.
-En el mar sólo me sé bañar desnuda- le dije. Y él me siguió el primer día, desnudo también, fosforescente al salir del mar. No había gaviotas; sólo esos pájaros que les dicen "picos feos", que gruñen como si roncaran y que después de que sale el sol desaparecen. Él me siguió el primer día y se sintió solo, a pesar de estar yo allí.
-Es como si fueras un "pico feo", uno más entre todos- me dijo-. Me gustas más en las noches, cuando estamos los dos en la misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad.
Y se fue.
Volví yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va, moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.
-Me gusta bañarme en el mar- le dije.
Pero él no comprende.
Y al otro día estaba otra vez en el mar, purificándome. Entregándome a sus olas." Pedro Páramo, pg. 102.

1 comentario:

elena dijo...

el mar, el mar, el mar terapeutico mar... si pudiera llevarme algo a la tumba eso seria el sonido del mar..