martes, 17 de agosto de 2010

El hombre de blanco

Su corazón se paró el día en el que los universitarios decidieron marchar por la defensa de la educación pública. Un ataque directo al corazón, después de una noche de pasión (sexo, drogas y rock n roll) con la morenita de las piernas de tapa de dulce y los ojos siniestros típicos de sus ancestras porteñas. De morirse sería completamente satisfecho y feliz. Pero la morena no supo cargar una culpa incierta y los paramédicos decidieron venir justo a tiempo para encenderle electricamente el órgano que detuvo sus flujos sanguíneos. No le quedó otra que resignarse a la ironía de las presas josefinas y la eficiencia sanitaria de su país.
De camino, entubado hasta las viseras, solamente pensaba en porqué su corazón lo habría traicionado despertando tan oportunamente. Tampoco entendía porqué esos hombres de blanco que lo acompañaban hacían su mayor esfuerzo en que no muriera. Como no podía gritar, porque estaba entubado y se sentía agotado, se concentraba en el sonido de la bocina esquivando automóviles y en los golpes de la camilla cuando la ambulancia caía en algún hueco.
Recordó la fecha porque escucho unas bandas escolares tocando el himno del quince de setiembre, y se vio a si mismo como un carajillo tocando el redoblante en los años 70. Sí, cuarenta y cinco años bien vividos, con un corazón debilitado de pasiones y sustos, y una salud de cigarro malboro. ¡Qué crueles fueron los alados en negarle el descanso eterno! En ese momento el hombre de blanco, que estaba a su lado pareció entenderle. Felipe, ya sin tubos, tomó su último suspiro con una sonrisa de oreja a oreja.

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