jueves, 16 de septiembre de 2010

Celda 211

Es difícil descifrar mis palabras porque ahora soy toda emoción a flor de piel.Observar un retrato tan desnudo e inmundo de la humanidad no es nada fácil de digerir. Levantarse y salir de la sala de cine como si no hubieras visto lo que viste tampoco es fácil.
Podría elevarme y dar un explicación psicosocial, podría dar una explicación de derechos humanos, podría dar una explicación cinematográfica, en fin, la película da para hablar. Por el momento lo que quiero decir es que no entiendo porqué el mundo es lo que es, porqué la gente es tan mal hecha, porqué nos destruimos, porqué pensamos que hay justicia y libertad y otras verdades absolutizantes e inalcanzables de mundo. La pura verdad es que todos estamos atrapados en la Celda 211 y aunque la memoria nos falle como colectivo, como humano, como animal, como sentimiento, como miserias compartidas el mundo es una mierda que tratamos de arreglar a nuestra conveniencia. Todos egoístamente a nuestro bienestar. Es horrible, es terrible. Los muertos del olvido son la pena de las madres de plaza de mayo. Por eso es que solo su existencia hace que yo me sienta con más voluntad, pero no dejan de dolerme. No deja de dolerme Luis, que murió hace más de una semana en manos de unos no se quienes y su cuerpo (templo de mis memorias de su vida) yacía desnudo en un río. No deja de dolerme mi abuelo.
No deja de dolerme la impotencia constante de los semáforos en rojo, de las puertas, de las cerraduras, de las pieles... de todas las cosas que nos detienen.
Y las cosas que más me duelen son la voluntad, la lealtad y la humanidad. Me duelen porque no quieren que las use y me da por llorarlas, ahí atrofiadas a mi cuerpo, a mi alma y a mi vida.
Yo puedo recordarle que no le extraño tanto cuando estoy distraída, pero cuando le recuerdo me da por llorar.
Yo puedo desear los recuerdos de su boca, su abrazo, mis labios con los suyos, la risa cómplice de nuestras manos sudorosas.
Yo hoy, por ejemplo, podría decirle que no concilio el sueño fácilmente, que lo imagino moviéndose como lo hacía mientras se acostumbraba a mi presencia en su cama.
Hoy pude levantarme y esperar a que apareciera en la parada, o en el restaurante que frecuentábamos, o simplemente caminando abrazado a mi cintura y riendo de la nada.
Mañana puedo imaginarlo leyendo mi blog con una sonrisa asomándose en el corazoncito triste.
Que linda su sonrisa...