lunes, 10 de octubre de 2011

Somos la misma sangre

Llevando la misma sangre en las venas no se puede envenenar el corazón.
Cuando yo te conocí eras una joven muchacha, corazón valiente, que caminabas con mi peso a cuestas por las calles del invierno. Abrazándome serena suspirabas el sueño, que un día te prometió aquel que hoy decides olvidar. No te culpes el pasado madre mía, que solo una lagrima en tu mirada encandila la esperanza. Recuerda que no nos trajiste al mundo en vano, princesa de risos perfumados, te daremos alegría hasta que el alma nos perdone el desvarío de nuestros pasos.
Cuando te conocí quería tomarte en mis brazos, pequeña peloncita achocolatada. Te llevaba de la mano enseñándote el mundo que un día me enseñarías tu a mi. Estimable amiga, levanta esas alas que te hacen lucir hermosa, deslumbrando a quien se cruza a tu paso. Mujer valiente y segura, eres grande mi hermosa hermanita.
Cuando te conocí me tomaste por sorpresa, como lo sueles seguir haciendo. Mi pequeñita de la eterna sonrisa. Eres la pieza que encajó toda nuestra historia. Confidente que con su juventud me renueva el alma, como el espejo que vislumbra las pausas del camino, la voluntad de seguir creciendo. Solo una viajera cósmica como tu obtiene las respuestas que los humildes mortales en una vida no logramos encontrar. Tus manos son el ejemplo mas claro de la compasión, y tu mirada la puerta a tu alma pura y sensata.
Vistas así, desde mi propia sangre, hoy las venero, para que sepan del modo más transparente lo que ustedes representan para mi. A mami, a Patri y a Vale, mis mujeres más preciadas, mis tesoros vitales.

1 comentario:

Alejo Z. dijo...

Cuando sale del corazón, todo es acierto, no hay donde errar. Post sentido.
Un abrazo Meli,

Alejo